viernes, julio 18, 2014

Los primeros capítulos de Drácula y los Crímenes de Jack el Destripador

Los dos primeros capítulos de la novela "Drácula y los Crímenes de Jack el Destripador", segundo número de la colección Monsters Unleashed de Tyrannosaurus Books. Tal y como vienen en la web de la editorial.  Para ver si os pica la curiosidad... Si es así, la podéis comprar AQUI








 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
1
 
EL DOC T O R C A MPB ELL
 
 
 
Elliot Campbell contemplaba  desde la gran mampara del dirigible la espectacular  vista aérea de la majestuosa  Londres. En el restaurante, los camareros  y sirvientas  pululaban  de un lado a otro, llevando y trayendo bandejas con bebidas y todo tipo de platos suculentos,  con un olor y una apariencia exquisitos.
Sin embargo, el doctor Campbell no tenía apetito. Se hallaba allí por tener una cita previa con un buen amigo suyo que, para variar, se hacía de rogar con su habitual impuntualidad.
Tirando de una fina cadena que salía de uno de sus bolsillos, sacó un reloj para comprobar la hora. Se preguntó el porqué de la elección de este lugar para la reunión semanal. No dejaba de ponerle nervioso estar a tanta distancia de la tierra, sobrevolando  el rio Támesis en un ingenio semejante.  Por no hablar de los autómatas,  alimentados  por vapor, que recorrían el interior del dirigible como nuevos mecánicos.
Se estaban poniendo  de moda. Parecía como si todo aquel que pudiese  permitírselo  se llevara un robot a casa simplemente  para vanagloriarse de la novedad, para vivir con plenitud el cambio de era. Como esos vehículos propulsados  por vapor y que, según decían, muy pronto sustituirían  por completo a los carros de caballos.
Alguien carraspeó; Campbell alzó la vista para ver a un hombre de pié a su lado. Lucía una barba tupida y bien recortada de color castaño, tenía los ojos claros y los mofletes  rojos, probablemente porque ya había comenzado a beber desde buena mañana.

—Empezaba a pensar que no vendrías, viejo amigo —dijo Campbell dándole la mano a su acompañante,  que se sentó con una sonrisa.
Frederick Abberline se limpió el sudor de la frente con un pañuelo, haciendo después un gesto al camarero para que le atendiese.
—Mis disculpas,  Elliot, he tenido un día de locos, la verdad. El doctor alzó sus cejas, intrigado.
—¿Trabajo?
Abberline asintió, cuando un camarero les interrumpió  para tomarles nota.
Tomaré Kedgeree   y un poco de vino. Las preocupaciones me dan un hambre atroz, ¿a ti no, Elliot?
Campbell se dirigió al camarero.
—Una taza de té, gracias. Su amigo respiró hondo.
—¿Sólo eso? ¡Debes alimentarte, amigo mío! ¡Te estás quedando en los huesos! Necesitas comer caliente más a menudo —Elliot esgrimió un amago de sonrisa, pero rodeada de un halo de tristeza—. Y puede que sea hora de que dejes atrás el pasado y comiences a pensar en buscarte una buena mujer que se ocupe de ti, ¿no crees?
Una sombra cruzó el rostro usualmente  afable del doctor Campbell.
—No —contestó  secamente—. Mi corazón no ha cicatrizado  aún, Abbe.
Una mueca de resignación  y de vergüenza  ante su propia torpeza demudó el rostro de Abberline.
—Mis disculpas, Elliot, debería saber cuándo mantener callada esta bocaza mía; la pérdida de Anna es demasiado reciente aún. No volveré a sacar este tema de nuevo.
El inspector se mordió el labio, enfadado consigo mismo. Su lengua

El inspector se mordió el labio, enfadado consigo mismo. Su lengua siempre le traicionaba.  No era la primera vez, y sabía que no sería la última. Elliot y él tenían una relación de amistad de muchísimos años, forjada desde su juventud. Siempre le perdonaba, y jamás le reprochó nunca una actitud; siempre estaba ahí para ayudarle en los momentos malos, así como para compartir los buenos. Un amigo de los de verdad.
La pérdida de la esposa de Elliot había sido un golpe tan inesperado como doloroso  para él y para Kate. La mujer de Abberline  había sufrido terriblemente el fallecimiento de Anna, pues ambas eran también muy íntimas amigas.
Se preguntó lo que le diría Kate si supiese de su torpeza. Casi podía imaginar la regañina que le caería, y cómo se le enrojecería el rostro escuchando sus palabras, como si fuese un niño. Se prometió a mismo no volver a sacar tan delicado tema en una larga temporada.
La mirada de Campbell se perdió entre las nubes, a través de los ventanales del ingenio volador. En las mismas nubes le pareció ver por un instante la imagen de su adorada Anna.
Se volvió hacía Abberline, viendo como éste daba buena cuenta de su desayuno,  comiendo  con avidez y apetito.
—¿Y qué es lo que te tiene tan atareado en el trabajo? —preguntó el  doctor, intentando iniciar un tema de conversación menos doloroso.
El inspector Abberline se limpió con una servilleta, y después dio un largo trago a su copa de vino, apurándola hasta terminarla.
—Los asesinatos de Whitechapel.  Mis superiores no le conceden mayor importancia…  ¡Solo son unas prostitutas!,  me dicen… Panda de mentecatos con los estómagos llenos. Ese criminal es un verdadero peligro, pese a la indiferencia  que causa en los de arriba, ¿sabes?
Elliot dio un sorbo a su taza de mientras escuchaba  con interés.
—Mi instinto me dice que aquí hay más de lo que se ve a simple vista; no me preguntes  por qué, pero esto es importante  y tengo que resolverlo, Elliot.
El doctor asintió.
—Es primordial para ti hacerlo, ¿verdad?

—¿Sabes que los diarios sensacionalistas  lo llaman Jack el Destripador? No quiero que el caso se convierta en una feria; ¡es algo serio, maldición!  Pronto harán de él un Spring Heeled Jack  cualquiera,  y no quiero que sea así.
—Puede que ese detective de Baker Street estuviese interesado en ayudarte  a resolverlo,  Abbe —comentó  Campbell  con una sonrisa.
El inspector rellenó su copa de vino torciendo el gesto.
—¿Ese tal Holmes? ¿Quieres que los jefes me den la patada que tantas ganas tienen de darme y me echen por fin de Scotland Yard? Solo falta que encima les sugiera ayuda externa al cuerpo.
—Nunca  está de más pedir ayuda, Abbe; hasta yo mismo podría echarte  un cable  si lo necesitases  —sugirió  divertido  el doctor.
Este comentario  hizo soltar una carcajada a Abberline.
—¡Eso! Que los distinguidos  ciudadanos hagan sus propias averi- guaciones, y a ver si así este torpe e inepto policía puede resolver el caso con su ayuda…
El inspector  pidió un segundo plato y una nueva botella de vino. Elliot se contentó con otra taza de té.
No le pasó desapercibido al doctor que el labio inferior de su amigo temblaba ostensiblemente. Era un tic nervioso que solía tener cuando algo le preocupaba en extremo. Sonrió recordando que, siendo simples muchachos,  cuando jugaban por los suburbios  de Londres soñando con lo que se convertirían  de adultos, ya tenía ese tic inconfundible.
—Hay algo que te preocupa, Abbe, ¿me lo vas a decir ya? —observó, mirando fijamente a su viejo amigo.
A Aberline le sobrevino un pequeño ataque de tos. Bebió un poco y suspiró, intentando  forzar una sonrisa.
—No hay nada que se te escape, ¿eh?
 
 
 
Elliot se encogió de hombros.
—Nos conocemos  muy bien, amigo mío —contestó  Campbell, echando una furtiva mirada a un obeso caballero que estaba montando un pequeño  alboroto  en la barra.
El inspector miró en esa dirección alertado por el tono de voz del cliente, comprobando  que llevaba alguna copa de más. Enseguida se lo llevaron  fuera del restaurante,  y Abberline  centró  de nuevo su atención en Elliot.
—Se trata del comisario Lestrade. Frunció el ceño al mencionar  su nombre.
—Uno de tus jefes. ¿Te pone muchas trabas en el trabajo, Abbe? El agente de Scotland Yard sacó su pipa y, tranquilamente, se la encendió con una cerilla. Fumar le relajaba enormemente  en situaciones de estrés.
 
—No me soporta. Puedo verlo en sus ojos. Me tiene en su punto de mira desde hace tiempo. Por eso resolver los crímenes  de ese sanguinario asesino es vital para mí. Si soy capaz de capturarlo… Le revolverá de tal forma el estomago que creo que echará toda la bilis que lleva acumulada todo este tiempo.
—¿Y por qué no un ascenso? Tu carrera podría catapultarse, y no habría mejor forma de vengarte de Lestrade que triunfar de esa forma,
¿no crees?
Abberline sonrió. La idea se le había pasado por la mente en más de una ocasión.
—Brindemos  por eso, amigo mío.
Los dos amigos brindaron,  uno con su copa de vino y el otro con su taza de té.
—No hablemos solo de mí, Elliot. ¿Qué tal va tu trabajo? Abberline  notó que la pregunta  había incomodado  a su amigo.
—Sinceramente,  me cuesta concentrarme en mis pacientes en estos momentos.  Atiendo a algunos, pero no soy capaz de mantener la rutina de siempre…  No aún.

El inspector  asintió en silencio. Lo entendía muy bien. El trauma de la tragedia sufrida tardaría en sanar.
Levantó  la mano, tratando  de llamar la atención  del camarero.
—Aunque  no hayas comido, no me puedes decir que no al postre. Aprovecha  que invito, y que el dulce es una de tus debilidades.
Los dos rieron. Finamente,  Elliot asintió con una sonrisa.
—Tú ganas. Sabes que no me puedo resistir a una propuesta como esa, Abbe
Tras los postres, siguieron la agradable conversación hasta que el dirigible aterrizó y cada uno tomó su camino.
 
El doctor Campbell  decidió  dar un paseo tras despedirse  de su amigo. Caminó entre el populoso tránsito de gente, el continuo tráfico de carruajes  y carretas,   vendedores  ambulantes,  trabajadores  que volvían de los muelles, niños vendiendo diarios, o mendigos pidiendo limosna.
Sus pasos le llevaron a realizar uno de sus recorridos  habituales, uno que efectuaba una vez al mes y que le llevaba hasta las puertas del cementerio de Kingsteas.
El día se había vuelto repentinamente gris, en cualquier momento las caprichosas  nubes descargarían  un aguacero sobre la ciudad. El ambiente del lugar, silencioso, melancólico, entre las grises lápidas y los siniestros  panteones  familiares  coronados  de ángeles de piedra, hacía que Elliot Campbell se sintiese más triste cada vez que hacía una visita al mausoleo de su querida y amada Anna.
Se arrodilló ante la puerta y recogió un poco de tierra del suelo, viendo como se deslizaba entre sus dedos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas y el dolor le golpeaba de nuevo, como tantas otras veces.
¿Por qué regresaba a aquel lugar? ¿El sitio donde se había consumado todo? Lo sabía. El recuerdo de la Anna que amó seguía allí, a pesar de lo sucedido.

Se apoyó en las puertas del mausoleo familiar. Permaneció  allí, inmóvil y en silencio, con los ojos cerrados, concentrándose solo en sus pensamientos, en los recuerdos vividos en los felices años que pasó junto a Anna.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que ya era tarde. Pasando sus dedos por la piedra de la cripta, echó una última mirada a modo de despedida.
El doctor se marchó del cementerio, con las lágrimas ya secas, en dirección a su casa en el West End. Tenía que atender muchos asuntos en su consulta, antes de que llegase la noche…


 
 
 
 
 
 
 
 
 
2
 
CHARL O TTE
 
 
 
Las paredes descoloridas  y el techo semiderruido  era lo único que Charlotte,  a quien los pocos afortunados  con los que tenía confianza llamaban «Charlie», veía mientras el estibador la penetraba a cambio de unos simples chelines. El hombre era calvo y entrado en carnes, con dientes amarillentos  y un olor a sudor rancio, de muchos días sin bañarse. En esos momentos, Charlie no podía tener muchos miramientos con los clientes. Cada vez resultaba más complicado sacar un poco de dinero para llenarse el estómago con algo de comida, aunque fuese de ínfima calidad.
Charlotte era una prostituta con una belleza notable, rubia, pecosa y de ojos azules, un cuerpo delgado y esbelto, unos pechos ni demasiado pequeños ni demasiado grandes, “con el tamaño adecuado”, como ella misma siempre decía. Sin embargo, era una chica de la calle cualquiera, una puta callejera sin caché alguno; no se hallaba en posición de pertenecer a uno de los burdeles para clientes exclusivos. Hacía lo que podía para ganarse el sustento, como todos, y la vida que llevaba no era en absoluto fácil.
¿Cuándo  lo había sido, en realidad?  Probablemente nunca, si lo pensaba más de unos segundos.
De una familia de los barrios bajos, que a duras penas podían mantener a sus dos hijas, su padre era un simple zapatero y su madre vendedora de fruta en el mercado. Llevaban una existencia humilde, pero no carente de felicidad; no tenían mucho que compartir, más que su cariño y el amor familiar.

Todo se truncó bruscamente cuando ella apenas contaba  quince años: una terrible tragedia les visitó destrozando sus sueños y esperanzas como quien rompe un cristal en mil pedazos. La enfermedad llamada cólera infectó a sus padres y a su hermana;  sufrieron terriblemente hasta que la parca se los llevó, librándoles  del dolor y la agonía.
Charlotte se quedó sola y desamparada,  sin ningún familiar ni amigo que pudiese cuidar de ella. Tuvo que buscarse la manera de subsistir, de sobrevivir en una ciudad llena de contrastes, de enormes diferencias entre clases, donde, si no luchabas  con uñas y dientes,  podías ser arrastrado al pozo y no sobrevivir para llegar a ver la luz de un nuevo día.
No pudo más que hacer la calle y abrirse de piernas para cualquiera que pagase el precio que pedía por sus servicios. Esa fue la única opción encontró  para subsistir  en Londres.
Su cliente terminó con un gruñido gutural y se desmontó.  Charlie suspiró con alivio, deseando que se marchase lo antes posible de su presencia. La muchacha se levantó, tras colocarse de nuevo la parte baja del vestido, ya algo descolorido  y sucio; esperó a que el hombre se subiese  los pantalones,  y alargó  la mano esperando  su pago.
Sin mediar palabra, el cliente le dio los chelines y se fue sin ni siquiera mirarla.
La prostituta salió poco después, guardando el dinero en un pequeño monedero que escondía en la liga. Decidió entonces que tenía hambre, o, más bien, su estomago tomó la decisión por ella.
Se acercó a la parte de atrás de una panadería, donde llamó varias veces a la puerta de madera, vieja y roída. A los pocos minutos, un anciano enjuto, con nariz chata y ojos amables, la abrió. Al darse cuenta de que era ella, esbozó una sonrisa afable.


Se llamaba Ralph. De vez en cuando le daba algo de pan, o
incluso un trozo de bizcocho si tenía suerte. Charlie había intentado pagarle con dinero o con sus servicios en diversas ocasiones, pero siempre los rechazaba.  Probablemente  le recordaba  a alguna hija o sobrina,  o simplemente era un buen hombre, algo raro en los tiempos que corrían.
 
El viejo panadero le dio un generoso trozo de pan.
Ten cuidado, ¿quieres? —le dijo el anciano mirándola con ternura. La joven alzó las cejas sin comprender, mientras se llevaba el pan
a la boca; su estomago no paraba de quejarse.
—No se preocupe, cuidar bien de mi misma —contestó mientras masticaba. El pan no era de muy buena calidad, pero resultaba como un manjar para su paladar.
—Ese asesino que deambula por las noches… Solo digo que tengas los ojos bien abiertos,  ¿vale? —comentó  con cierta preocupación.
Supo entonces a qué se refería el panadero. Ése a quien la gente llamaba Jack el Destripador y que contaba unas cuantas muertes de prostitutas a sus espaldas. Se leían historias sobre la violencia inusitada y la brutalidad  de los asesinatos.  Charlie no acababa de creerse del todo esas historias; por más que los detalles saliesen en los diarios, la gente tendía a ir añadiéndoles  elementos de su cosecha; pronto acabaría siendo algún tipo de demonio venido del averno para castigar a quienes practicaban el oficio más antiguo del mundo.
La joven asintió, y agradeció de nuevo la generosidad del panadero. El que hubiese personas como Ralph en el mundo la reconfortaba
al menos durante un rato, haciéndole olvidar los problemas y penalidades que tenía que aguantar cada jornada, asuntos que no eran precisamente sencillos de apartar de la cabeza.
Se situó en su esquina preferida, cerca de la casa abandonada  y medio en ruinas que usaba de “oficina”, como ella solía decir. Se apoyó en la pared, esperando  a que un nuevo cliente picase el anzuelo y decidiese pasar un buen rato en su compañía.
No fue un cliente buscando sus servicios quien se acercó, sino otra prostituta, que respondía al nombre  de Dorothy.  Sus mejores años ya habían pasado, y las bolsas bajo sus ojos, los mechones blancos de sus cabellos, su dentadura, donde ya había más huecos que piezas dentales mellando  una sonrisa que en otro tiempo debió de ser agradable,  sus pechos caídos, lejos de la firmeza de la juventud… Todo sumado hacía que tuviese que buscar compañía entre la purria, clientes de la más baja estofa, la escoria con la que nadie quería estar, y por apenas medio penique.

Su ojo izquierdo  estaba morado e hinchado,  seguramente por el encontronazo con algún cliente  violento  y con los modales  de un animal.
—Charlotte,  me alegro de ver que estás bien, hacía mucho que no se cruzaban nuestros caminos —dijo la veterana mujer de la calle.
Charlie esgrimió una sonrisa forzada. Aunque no tenía nada contra ella, la rivalidad entre putas era algo innato y nunca se sabía por dónde podía ir el tema, o cuáles  serían las intenciones de una compañera.
Eso era algo que había aprendido por las malas, a base de disgustos y cicatrices que daban buena fe de  ello.
—Igualmente, Dorothy.  ¿Qué te trae por esta esquina?  —dijo recalcando especialmente  lo de esquina. Era su zona, y ni siquiera a una zorra ya mayor le dejaría arrebatarle su parcela, por miserable que fuese.
La mujer miró a un lado y a otro, como si temiese que la estuviesen observando;  ¿se estaría volviendo senil? La edad no era lo único que mermaba a la veterana prostituta: demasiados golpes en la cabeza y palizas brutales recibidas a lo largo de los años, eso acaba pasando factura de una manera u otra.
—Cuando  llega la noche hay sombras horribles y tenebrosas  que caminan por las calles… Engendros buscando vidas que llevarse… Las he visto, se disfrazan  como nosotras,  pero no son de este mundo…
¿Sabes?
No supo si echarse a reír o darle un bofetón a la vieja puta. Estaba claro que la locura comenzaba  a hacer mella en su mente, que nunca había sido especialmente lúcida.

—¿No te gastarás lo poco que ganas en alcohol, vieja?
Dorothy la miró fijamente,  sin rastro de haberse sentido ofendida por el comentario.  Lo único que se percibía en sus ojos era miedo, un terror atroz, un pánico que la atenazaba y no le dejaba pensar en nada más.
—¿No te referirás al Destripador? —añadió  Charlie, recordando las palabras del panadero.
La puta hizo un gesto de negación y tembló durante unos instantes, como invadida  por un temor incontrolable.
—Cosas más terribles que ese Destripador  se pasea por la ciudad, y no son humanas,  se disfrazan  como personas,  pero no lo son… Dorothy  volvió a mirar a su alrededor,  con el pánico reflejado en sus avejentadas facciones.
 
Charlie sintió lastima por la mujer; quizás, con el transcurrir  de los años, acabase igual que ella.
—No salgas a trabajar una vez se ponga el sol, querida, o las sombras te acecharán…
Tras añadir esto último, se fue sin dejar de mirar por encima del hombro, como si temiese que la estuviesen acechando.
Ese miedo en sus ojos… Fuese lo que fuese lo que creyó ver, la había trastornado  de tal manera que la tenía totalmente  aterrorizada.
Casi instintivamente, Charlie se llevó la mano a uno de sus muslos, donde guardaba  un punzón de metal en la liga para defenderse  de clientes borrachos o violentos. La profesión más vieja del mundo, por lo que parecía, se estaba tornando cada vez más peligrosa, y una debía estar preparada  para todo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un hombrecillo con gorra, ojos hundidos y dientes de roedor que apareció a su lado y, con una débil sonrisa, le preguntó si estaba disponible.
—¿Para guapetones como tú? Siempre… Ven, y te llevaré a pasar un rato inolvidable…  —le dijo guiñándole un ojo.