Delbaeth Rising

domingo, enero 22, 2012

La Última Oración por la hermana Claudia

Claudia se despertó sobresaltada. La pesadilla había sido tan terrible como real. La peor de todas las que le torturaban noche tras noche desde hacía mucho tiempo. Miró el reloj de la mesita: Las dos y diez. Se levantó de la cama y se puso el hábito de monja. Otra noche que pasaría en vela sin poder conciliar el sueño, huyendo de las pesadillas que le atormentaban una y otra vez.

En todas y cada una de ellas estaba él; el hombre terrible. Una figura en sombras, con hábitos de cura, ensangrentados, sucios y rotos, con ojos inyectados en sangre, ganchos metálicos que le atravesaban la piel y la carne. Y sobre todo una sonrisa macabra y sucia revelando unos dientes amarillentos y pútridos, y gusanos que se retorcían en sus encías ensangrentadas. El padre le muestra horribles escenas: Personas siendo mutiladas y torturadas mientras ríen y ríen a carcajadas que demostraban su completa locura. Su carne lacerada y quemada, obligándoles a comer carne putrefacta y en descomposición mientras leía los siniestros pasajes de su oscura y maldita biblia. Una vez terminaba su misa de las tinieblas la bendecía con lo que creía era agua bendita, solo que en realidad no era agua, si no sangre.
Claudia pensaba que puede que las pesadillas fueran una prueba para su fe ¿Y si la estaba perdiendo? Esto la atormentaba sobremanera día y noche.
Desde muy pequeña quiso  abrazar a Dios y la fe, y dedicar su vida a ayudar a los más necesitados. ¿Eran acaso sus pesadillas fruto de su subconsciente? No sabía la respuesta y eso la asustaba.

Salió de la habitación despacio, para no hacer ningún ruido que pudiese despertar a las otras hermanas que descansaban plácidamente. Encendió la luz de la cocina y buscó el café, lo único que la mantendría despierta y lucida. Agarró el termo y la taza de café y se dirigió hacia las afueras del convento. Se trataba de un pequeño claro en el bosque, un lugar en concreto que ella llamaba “Su lugar secreto”. Un sitio al que acudía cuando necesitaba pensar, relajarse y reflexionar sobre cualquier cosa. 

¿Qué podía hacer? No era posible contarle de sus pesadillas a nadie. La tomarían por loca o peor aún, que era el Diablo mismo que la estaba tentando ¿Y si se trataba de eso? ¿El Diablo la estaba intentando seducir con sus negras artes? Tan distraída estaba en sus atormentados pensamientos que no fue consciente de que no se encontraba sola.
Una fría mano le tapo la boca, mientras un fuerte brazo le sujetaba, inmovilizándola.
—Vaya, vaya, Doogie ¡mira lo que tenemos aquí!
Eran tres hombres. Al que habían nombrado como Doogie era grande y obeso, quien se encontraba a su lado era un hispano con gafas y un pequeño bigote, el tercero tenía cerca de cincuenta años, con el pelo encanecido y una mirada de locura en sus ojos.
Todos llevaban el uniforme de la penitenciaria. Claudia comenzó a sentir un pánico atroz por lo que estaba sucediendo. Miró a un lado y a otro, pero nadie acudiría a rescatarla. Sintió un escalofrío cuando las manos del hispano comenzaron a palparle los pechos.
—Tranquila, si te portas bien no te ocurrirá nada ¿verdad, Jackie? Eres una chica muy bonita y llevamos tanto sin ver una mujer…
Intentó gritar pero la fuerte mano del preso evito que se escuchase nada.
—Yo seré el primero. —Dijo el hispano.
— ¿Y por que tú, Hernández?
En respuesta, Hernández sacó un afilado cuchillo.
—Por qué lo digo yo ¿entendido? —Dijo de manera amenazadora y disuasoria.
Miró de nuevo a Claudia.
—Suéltala un poco, Jackie.
El preso aflojó un poco su presa y apartó la enorme mano de su rostro...
— ¡Por favor! ¡Socorro! Soy una hermana de…
— ¡Cállate, puta!
Un golpe con violencia en el rostro le partió el labio y le hizo sangrar.
— ¡Ahora vas a ver lo que es bueno!
Le rasgó el hábito dejando al descubierto su hermoso, joven e inmaculado cuerpo. La forzaron con violencia, sin preocuparse de los daños que le hacían a ella. La arañaron, la mordieron y cortaron por todas partes mientras su sangre virginal era derramada sin piedad alguna.
La torturaron en cuerpo y alma, en su sufrimiento, mientras era mancillada con brutalidad y violencia, creyó ver la figura del reverendo de sus pesadillas. Le  sonreía y la llamaba a su lado. En ese momento Claudia había perdido por completo cualquier fe que tuviese ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué permitía que le sucediese todo eso?

Claudia contempló su propio cuerpo, ya inerte y sin vida, pero siendo aún violado aún siendo un cuerpo frío y muerto por sus tres asaltantes.
Se acercó al reverendo en cuya boca podrida se retorcían gusanos infectos.
—Únete a mí, Claudia, y nunca más sufrirás, tú harás sufrir, véngate de ellos, abrázame y comienza tu nueva fe.
Claudia Observó por última vez su cuerpo inerte y sin vida y sonrió, una sonrisa triste y dolorosa. Asintió, como símbolo de aceptación y ambos se fundieron en un beso de ultratumba que sellaba el sangriento y tenebroso pacto.

Los ojos muertos de Claudia se abrieron de nuevo.
—« La muerte te saluda… »— Dijo antes de besar con sus labios muertos al llamado Doogie- Le arrancó los labios y media cara. Cayó al suelo retorciéndose de dolor.
Cuando Claudia se incorporó, los dos presos que quedaban se paralizaron de puro terror.

—« Venid a mí…Estoy completamente mojada, ¿no queréis pasar un buen rato, conmigo?»

Hernández saltó sobre ella con el cuchillo dispuesto a acabar de una vez y por todas con Claudia.
Esta sonrió divertida y le clavó el crucifijo de plata que siempre llevaba colgando en el cuello en su ojo izquierdo. El globo ocular estalló  y el crucifijo se hundió hasta el fondo de la órbita ocular hasta que murió con convulsiones violentas.

—P-por f-favor, n-no m-me mates. —Suplicaba Jackie temblando de miedo y con las lágrimas resbalándole por las mejillas.
 —« Ven conmigo, corazón »—Dijo Claudia extendiendo su mano.
Jackie sintió un profundo y terrible dolor en el pecho, hasta que  este literalmente explotó; el corazón aún palpitante del hombre voló en dirección a la mano de Claudia.
A su lado apareció el reverendo de la oscuridad y las tinieblas.
La hermana Claudia pasó un dedo por el agujero del pecho del fallecido y se lamió la sangre de los dedos con avidez. El reverendo puso una mano en el hombro de la hermana y en su rostro se pudo ver una mueca horrible que podría ser el esbozo de una sonrisa.
—« Que comience la fiesta»
Y el reverendo de la oscuridad y la hermana Claudia desaparecieron envueltos por el manto negro de la noche, como si la mismas tinieblas los hubiesen engullido para siempre.

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6 comentarios:

kilili dijo...

Un relato marcadamente macabro y que, cómo contrapunto lleva un mensaje muy explicito "El que la hace la paga"
Sobre todo ese final, de Claudia, vengándose de sus violadores y asesinos, ¡me ha encantado, sí señor!
De lo del Reverendo...Bueno, supongo que la pobre Claudia, después de tanto horror, hasta puede parecerle guapo. jajajajajajajaja

Tony Jiménez dijo...

Jejejeje muy bueno. Me encantan las historias de venganzas, y ésta está pero que muy, muy bien, especialmente por el reverendo y la descripción principal que se hace de él.

Muy chulo :)

GusapirA dijo...

brrr, qué mal rollito da, arggg (lo cual es excelente para un relato de terror por su sitio, XD) Sobre todo me quedo con los personajes, muy bien perfilados para lo corto del relato: muy brutales, pero gracias a su buena definición, también muy "reales"
Saludos

Blacky dijo...

Un macabro quid pro quo. Todo muy chungo y muy bien ambientado. :-)

Ricardo Corazón de León dijo...

Causa todo lo que tiene que causar un relato de horror: asco, miedo, terror... con el aditamento de la venganza y lo divino-maldito. Muy buen cuento.

Rebel_Nevarian dijo...

Por fin lo he podido terminar de leer...Bufffffffffff,Doc,me ha dejado marcada!!!;Y es muy verdad,lo que ha dicho antes kilili,que éste relato es del rollo de "quien la hace,la paga"!!!;Buffffffff,cm me voy a ir esta ncche a la cama,de bien...Hahahhaha;P